7,1
Pochoclo Club
Bardo2022 · Alejandro Iñarritu
Bardo es una autopsia desmesurada, vulnerable y alucinatoria sobre el duelo postergado, la culpa del migrante exitoso y la tiranía del ego frente a la proximidad de la muerte. Silverio Gama (Daniel Giménez Cacho), un prestigioso periodista y documentalista mexicano radicado en Los Ángeles tras décadas de éxito internacional, regresa a la Ciudad de México para recibir un premio, viaje que desata una crisis ontológica donde la realidad se disuelve en el territorio onírico del bardo budista (el estado liminal entre la muerte y el renacimiento). Psicológicamente, la película disecciona el síndrome del impostor y la fractura identitaria del exilio: Silverio no pertenece a ninguna parte; para sus compatriotas es un desertor burgués que lucra con el dolor nacional desde el confort californiano, mientras que para la sociedad anglosajona es un ciudadano de segunda categoría eternamente extranjerizado. El núcleo traumático del film se revela en la herida no cicatrizada por la muerte de su primer hijo a las treinta horas de nacer: el protagonista vive atrapado en una memoria fantasma donde la vanidad profesional y los reconocimientos públicos operan como castillos de arena construidos para no mirar el abismo de su propia mortalidad y la fragilidad de su legado familiar.
En el plano formal, Iñárritu y su director de fotografía Darius Khondji despliegan un virtuosismo cinematográfico arrollador, filmando en celuloide de 65mm con ópticas gran angulares que deforman sutilmente los márgenes del encuadre para sumergir a la sala en una perspectiva subjetiva alucinada. La cámara flota en planos secuencia coreografiados de una complejidad técnica milagrosa: desde la desértica apertura donde una sombra salta y vuela sobre la arena, hasta la escena en el Zócalo donde Silverio dialoga sobre una montaña de cadáveres indígenas con Hernán Cortés, o el baile frenético en el California Dancing Club al ritmo a capela de David Bowie. La edición alterna la lógica de la libre asociación psicoanalítica con el ensayo político, mientras que el diseño sonoro de Martín Hernández y la música de Bryce Dessner tejen un tapiz de voces interiores, ecos de noticias y texturas ambientales de la capital mexicana. La interpretación de Daniel Giménez Cacho es el ancla emocional indispensable de la obra, dotando al relato de una elegancia melancólica y una ironía ácida que desarma cualquier tentación de egolatría solemne.
Detrás de cámara, Alejandro González Iñárritu concibió la obra como su proyecto más íntimo y descarnado tras cumplir sesenta años, inspirándose en la tradición de las confesiones cinematográficas como 8½ de Federico Fellini o El espejo de Andréi Tarkovski. El cineasta mexicano explicó en el Festival de Venecia que no intentó filmar una autobiografía literal, sino un «autorretrato de la psique», donde los recuerdos se mezclan con los miedos, las fantasías y las vergüenzas acumuladas tras veinticinco años viviendo fuera de su país natal. Para Iñárritu, Bardo fue un intento desesperado de ordenar el caos de su propia mente antes de que el olvido y la decrepitud biológica le arrebaten sus memorias, asumiendo el riesgo de ser tildado de indulgente con tal de alcanzar una verdad emocional despojada de complacencias.
Al apagarse la pantalla, Bardo nos deja ante la revelación final en el tren subterráneo de Los Ángeles, donde descubrimos que toda la travesía no era más que el estertor lúcido de una mente apagándose tras un derrame cerebral. La película nos despoja de las certezas sobre la gloria, la patria y el triunfo terrenal: al final del camino, nadie se lleva los premios ni los discursos laudatorios; solo nos queda la memoria fragmentada de los abrazos que dimos, los hijos que perdimos y el perdón que no supimos pedir a tiempo. Iñárritu nos deja flotando una pregunta que interpela a cualquier alma desarraigada: ¿es la identidad un suelo firme que podemos recuperar o apenas una ficción poética que inventamos para no sentirnos huérfanos en medio del vacío?