Fotograma de Los colores del tiempoPochoclo Club

8,0

Pochoclo Club

Los colores del tiempo2025 · Cédric Klapisch

Los colores del tiempo opera como una disección sensible y lúcida sobre la transmisión transgeneracional del trauma, la búsqueda de filiación en tiempos de desarraigo y la necesidad psíquica de reconciliarse con las raíces familiares para destrabar el presente. La premisa dramática se dispara cuando cuatro primos contemporáneos reciben en herencia una casona en Normandía clausurada y congelada en el tiempo desde 1944; al desenterrar diarios íntimos, negativos fotográficos primitivos y lienzos olvidados, la trama abre un puente con el París bohemio de 1895 para reconstruir la vida de su bisabuela Adèle. Psicológicamente, Klapisch examina la herencia no como un patrimonio material, sino como un síntoma no resuelto: los protagonistas de 2025 cargan con la parálisis vocacional, el cinismo defensivo y el aislamiento hiperconectado propios de su época, proyectando en esa casa un vacío que no logran nombrar. Al confrontar la historia de Adèle —una joven que desafió los mandatos patriarcales y las asfixias de la provincia para conquistar su propia voz artística y afectiva en plena efervescencia decimonónica—, los jóvenes descubren que sus miedos al fracaso y sus mecanismos de evasión son los ecos mudos de renuncias, culpas y secretos familiares soterrados durante generaciones, desarmando su autocompasión para asumir la responsabilidad de su propio deseo.

En el plano cinematográfico y formal, la película representa uno de los desafíos de producción más complejos en la carrera de Klapisch, rodada en locaciones naturales entre Normandía y un París cuya atmósfera de finales del siglo XIX fue reconstruida eludiendo deliberadamente el artificio acartonado del cine de época tradicional. La dirección de fotografía de Alexis Kavyrchine articula un virtuoso diálogo visual: mientras el presente de 2025 adopta una cámara en mano ágil, texturas digitales limpias y una paleta cromática desaturada que refleja la frialdad cotidiana, el París de 1895 respira a través de ópticas anamórficas suaves, grano fílmico orgánico y una iluminación naturalista directamente inspirada en la pintura de Claude Monet (encarnado en pantalla por Olivier Gourmet) y los albores del cinematógrafo de los hermanos Lumière. El montaje rítmico cose ambas temporalidades sin recurrir a trucos fantásticos de ciencia ficción, prefiriendo rimas visuales poéticas, ecos espaciales y transiciones táctiles donde un mismo gesto o un objeto atraviesa un siglo de distancia. Este rigor formal se sostiene en un ensamble coral de enorme química y frescura, donde la magnética interpretación de Suzanne Lindon como la joven Adèle colisiona y armoniza con la vulnerabilidad desbordante de Paul Kircher, Vassili Schneider y Abraham Wapler, envueltos por un diseño sonoro que funde el rumor urbano moderno con carruajes, fonógrafos y la banda sonora original de la cantautora Pomme.

Presentada con ovaciones en la Selección Oficial del Festival de Cannes 2025 (dentro del prestigioso apartado Fuera de Competencia / Out of Competition), Thierry Frémaux la destacó como el proyecto más ambicioso de Klapisch, ratificado luego por una cálida cosecha en festivales europeos donde fue celebrada por devolverle la vitalidad humanista al diálogo histórico. El realizador francés explicó en Cannes que la génesis del proyecto nació al explorar los archivos fotográficos de su propia familia y constatar el abismo ontológico que separa a ambas épocas: «Quería que 1895 y el presente se miraran a los ojos sin condescendencia. A fines del siglo XIX reinaba una fe febril en que el progreso y los inventos traerían un futuro luminoso, mientras que hoy educamos a los jóvenes en el pánico al colapso y la parálisis ante el porvenir; no quise idealizar el pasado, sino recordar que la única forma de no quedar aplastados por el miedo al futuro es atreverse a crear y conectarse con los demás». Al apagarse la pantalla, Los colores del tiempo deja en la sala una reconfortante madurez ética: nos recuerda que no somos náufragos aislados en el presente, sino herederos de una corriente viva de luchas y pasiones. Klapisch nos devuelve una pregunta que resuena con fuerza: si nuestros antepasados tuvieron el coraje de apostar por la vida y el arte en medio de la incertidumbre absoluta, ¿por qué habríamos de rendirnos nosotros antes de atrevernos a escribir nuestro propio destino?