7,5
Pochoclo Club
The Ugly Stepsister2025 · Emilie Blichfeldt
Durante más de un siglo, el cine nos educó para celebrar el instante en que el zapato de cristal encaja en el pie de Cenicienta sin preguntarnos jamás por el rastro de sangre que quedó en el probador. El gesto más lúcido de The Ugly Stepsister consiste en devolvernos a esa escena del crimen, pero haciéndolo desde la vulnerabilidad desarmante de Elvira (Lea Myren), una joven cuya tragedia no es ser monstruosa, sino ser dolorosamente común en un ecosistema que penaliza la asimetría. A diferencia de las lecturas revisionistas que buscan redimir al villano mediante excusas fáciles, el guion observa con una mezcla de compasión y escalofrío cómo la inocencia romántica de Elvira se pudre bajo la tutela de su madre Rebekka (Ane Dahl Torp), quien gestiona el duelo y la bancarrota familiar con el pragmatismo frío de una proxeneta cortesana. Lo que sostiene emocionalmente la película —y lo que impide que naufrague en el cinismo— es el trabajo físico de Myren: en sus ojos conviven la candidez de una adolescente que recita versos mediocres del príncipe Julian y la desesperación de una hija que acepta el bisturí porque intuye que, en esa casa y en ese reino, el amor materno y el ascenso social se cobran en libras de carne.
Esa tensión entre el anhelo lírico y la carnicería doméstica encuentra su correlato exacto en una puesta en escena que entiende el body horror no como un catálogo de efectos de medianoche, sino como la extensión lógica de las reglas de etiqueta. La cámara de Marcel Zyskind envuelve los bosques y los salones en un halo difuso, casi táctil, que remite al cine europeo de los años setenta, logrando que la irrupción de la violencia quirúrgica resulte todavía más obscena por contraste con la delicadeza del encuadre. Cuando la película nos obliga a presenciar la fractura del tabique nasal con un cincel metálico, la costura de pestañas postizas directamente sobre la piel del párpado o la ingesta de un huevo de tenia como método de adelgazamiento exprés, el montaje rehúye el corte piadoso: sostiene el plano y deja que el diseño sonoro haga el trabajo sucio en nuestra propia corteza auditiva. Cada crujido óseo y cada arcada operan como un recordatorio de que la elegancia que vemos desfilar en el baile real no es un don de la naturaleza, sino el producto de una manufactura clandestina y brutal.
Resulta inevitable leer la ópera prima de Emilie Blichfeldt —que sacudió las funciones nocturnas de Sundance antes de su paso por la Berlinale— en diálogo directo con otras fábulas contemporáneas de autodestrucción estética como The Substance, de Coralie Fargeat; sin embargo, allí donde Fargeat optaba por el martillo neumático de la hipérbole pop, la directora noruega prefiere el bisturí de la fábula centroeuropea. Retomando la incomodidad carnal de su cortometraje Sara's Intimate Confessions y cruzando el folclore punitivo de los Hermanos Grimm con la sensualidad irreverente de Walerian Borowczyk, Blichfeldt demuestra un control tonal poco frecuente para una debutante. Su película tampoco idealiza a Agnes, la futura Cenicienta: al mostrarla como una joven pragmática, secretamente lasciva y atrapada en la misma subasta patriarcal, desactiva la vieja trampa moral que divide a las mujeres entre santas luminosas y arpías envidiosas.
Al llegar a su último acto, cuando el sueño nupcial literaliza la mutilación de los dedos del pie sobre el mármol del dormitorio, la película trasciende el golpe de efecto para interrogar nuestra propia avidez como espectadores. Nos hemos reído con nerviosismo de las humillaciones de Elvira y hemos apartado la vista ante sus heridas, pero Blichfeldt nos recuerda que esa misma mirada evaluadora que mide rostros y cinturas en el salón de baile es la que suele gobernar la pantalla cinematográfica. Por eso el cierre junto a su hermana menor Alma, lejos de ofrecer el consuelo fácil de una victoria tardía, deja una resonancia agridulce y extrañamente luminosa: en un mundo diseñado para que solo quepa un pie en la horma de cristal, la única salvación ética consiste en caminar descalza hacia la salida.