7,3

Pochoclo Club

Midsommar2019 · Ari Aster

Midsommar es una autopsia perturbadora sobre el duelo no correspondido, la soledad dentro de la pareja y la seducción totalitaria de la empatía tribal, disfrazada bajo la luz cegadora del horror folclórico (folk horror). Dani (Florence Pugh), devastada tras el asesinato-suicidio de su familia a manos de su hermana bipolar, se aferra a un vínculo agonizante con Christian (Jack Reynor), un novio distante y cobarde que permanece a su lado solo por culpa social, gasplanteándola y minimizando sistemáticamente su angustia. El viaje junto a los amigos de este a una remota comuna en Hälsingland, Suecia, para celebrar un festival de solsticio que ocurre cada noventa años, expone el vacío afectivo de la modernidad occidental: frente al individualismo egoísta y competitivo de los académicos norteamericanos, la comunidad de los Hårga ofrece una experiencia de espejamiento radical. Psicológicamente, la película disecciona cómo la desesperación del desamparo vuelve a un sujeto permeable a la captura sectaria: el verdadero terror no reside en los rituales sacrificiales paganos, sino en el bálsamo monstruoso de una comunidad que llora, grita y gime en sincronía con el dolor de Dani, ofreciéndole la validación emocional que su pareja le negó durante años.

En el plano cinematográfico, Ari Aster y su director de fotografía Pawel Pogorzelski ejecutan una revolución formal al situar una pesadilla de horror psicológico a plena luz del día, bajo un sol estival de medianoche que nunca se apaga. La paleta cromática pastel, saturada de verdes bucólicos y flores multicolores, destruye la convención del terror nocturno para exponer la violencia sin sombras ni escondites. Los movimientos de cámara —incluyendo planos que se invierten 180 grados durante el viaje por la ruta hacia la comuna— transmiten la sensación de estar cruzando un umbral hacia una realidad donde las leyes de la razón han caducado. La puesta en escena está plagada de pistas ocultas y tapices medievales que prefiguran el destino de cada personaje, mientras que el diseño sonoro de Bobby Krlic (The Haxan Cloak) combina instrumentos folclóricos de cuerda con respiraciones colectivas asfixiantes. La interpretación de Florence Pugh es una cumbre del cine contemporáneo: su ataque de pánico inicial y su evolución desde la fragilidad paralizante hasta la coronación catártica sostienen el pulso emocional del film con una entrega visceral descomunal.

Detrás de cámara, Ari Aster concibió el guion inmediatamente después de sufrir una ruptura amorosa destructiva, definiendo la obra en sus notas como «una película operística de separación conyugal vestida con los ropajes del cine de terror nórdico». El director explicó que quería explorar la fantasía retorcida de una ruptura donde, en lugar de atravesar el desgarro de la separación en la indiferencia de la gran ciudad, el exnovio es sacrificado físicamente mientras la protagonista es coronada reina por una nueva familia que adopta su dolor. Para Aster, la sátira radica en exponer la mezquindad de los vínculos contemporáneos y evidenciar la facilidad con la que una mente quebrada por el trauma puede abrazar el dogma más atroz si este le promete cobijo y pertenencia comunitaria.

Al apagarse la pantalla, Midsommar culmina con una de las imágenes más perturbadoras del cine reciente: el templo amarillo ardiendo con Christian dentro envuelto en la piel de un oso, mientras Dani, coronada como Reina de Mayo bajo un manto de flores, rompe en una sonrisa de alivio y catarsis absoluta. La película se niega a la moraleja tradicional y confronta a la sala con una contradicción psicológica insoportable: el horror y la sanación pueden converger en el mismo acto cuando el desamparo es absoluto. Aster nos deja ante una pregunta que cala hondo en nuestras propias relaciones: ¿hasta qué punto la necesidad de ser escuchados y sostenidos en nuestro dolor puede empujarnos a entregar la propia humanidad con tal de no volver a experimentar la soledad del abandono?

Midsommar · 7,3 · Pochoclo Club